¿Qué libertad?
Sobre como el neoliberalismo ha secuestrado y maniatado a la libertad. Por: Francisco Revelles Contreras . F H, de 83 años de edad, fue encontrado muerto en su casa tras varios días sin dar señales de vida. Su hijo J H, de 62 años, que padece síndrome de Down, se encontraba sentado a los pies de la cama donde yacía el difunto cuando entró la policía local en el domicilio de ambos. El cadáver se encontraba ya en estado de descomposición y desprendía un fuerte olor. Al parecer, F H había fallecido de muerte natural hacía varios días, pero su hijo pensaba que solo estaba dormido. Los vecinos venían extrañándose de que F H no saliera a hacer la compra como todos los días y que fuera su hijo quien, sin dinero en el bolsillo, acudiera a la tienda del barrio a pedir cosas para comer. Las autoridades han acordado el internamiento de J H en algún centro para deficientes mentales, puesto que no tiene familiares que puedan hacerse cargo de él.
El suceso tenía lugar en una localidad de la provincia de Sevilla (no recuerdo el lugar ni la fecha exactos) allá por el año 1999. La noticia aparecía en un rincón de la página de sucesos de un diario cuya cabecera tampoco consigo recordar. No tuve la precaución de recortarla, a pesar del profundo impacto que me provocó en su momento y lo determinante que ha sido para cambiar mi visión del mundo; pero no he olvidado en ningún momento su contenido ¿Qué fue lo que hizo que algo tan aparentemente intrascendente calara en mí de esa manera? ¿Qué pequeña –o gran verdad– encierra ese ocasional suceso?
La evolución cósmica ha sido un arduo camino hacia la conciencia y la libertad. Esa es la grandiosa hazaña del Universo. Un caos de energía primigenia, plegada hasta el infinito sobre sí misma, explosionó misteriosamente para alcanzar –después de 15.000 millones de años de creciente orden– la conciencia de sí misma. El Cosmos ha sido capaz de conocerse, de saber de su propia existencia; y lo ha hecho a través de la más perfeccionada de sus obras (de que se tenga noticia): el ser humano. Pero ha sido capaz de algo mucho más prodigioso y hermoso; ha dotado esa conciencia de una facultad aparentemente contradictoria con un sistema de leyes infranqueables, relaciones de causa-efecto de sentido único y predeterminismo forzoso: la libertad. Se sacó de la chistera el «más difícil todavía» para dotar a su criatura predilecta de la capacidad de elegir.
El de libertad es uno de esos conceptos por el que hubiese merecido la pena luchar mucho más de lo que se hizo. Y es que en la subasta de valores en que terminó desembocando la modernidad el ala conservadora de la sociedad, mucho más despierta que su ala progresista, pujó por uno solo de ellos, pero apostando a él toda su fortuna. La izquierda, en su ingenuidad, creyó estar haciendo el negocio de su vida al quedarse con todos los demás: justicia, fraternidad, progreso, igualdad, utopía… ¡Todo para ellos! Recientemente, hasta la noción de democracia, que en un principio cayó en el saco de la derecha por simple exclusión, también está cediéndose a los desorientados «progres de los nuevos tiempos» con tal de que no pongan sus sucias manos encima de la sacrosanta libertad. La historia ha demostrado que todos esos valores que quedaron para la izquierda, incluido el de democracia, estaban destinados a ser arrojados, antes o después, a la hoguera de los ideales; y que la apuesta de los liberales fue, en realidad, la mejor inversión que se haya hecho nunca en la bolsa de valores culturales. La libertad ha demostrado ser capaz de arrojar, por sí sola, más dividendos que todos los demás ideales de la modernidad juntos; sin olvidar que aquélla cada vez renta más, mientras que éstos no cesan de caer en picado, si es que todavía no han tocado fondo. El liberalismo se adueñó por completo del concepto de libertad, hasta el punto de hacer uso de él para nombrarse a sí mismo. Y el neoliberalismo, una vez asegurada la presa, la “ató para siempre a las tinieblas” .
Lo que ha hecho el neoliberalismo con la noción de libertad ha sido vaciarla de todo contenido humano y ponerla al servicio, de modo exclusivo y excluyente, de los intereses económicos privados; esto es, convertirla en un arma de los fuertes para someter a los débiles. La libertad, en una burlesca contradicción, se transforma en el instrumento privilegiado para hacer esclavos. Que la libertad de los lobos significa la muerte de los corderos es algo meridianamente claro; lo que resulta humillante es que se nos quiera hacer creer que la libertad de los lobos aumenta la libertad de los corderos, y que si estos mueren será por no haber sido capaces de vestir la piel de lobo con determinación y presteza. Para legitimar esta absurda noción de libertad lo único que se requiere es que haya unas cuantas pieles de lobo esparcidas por el bosque y que todos los corderos tengan la posibilidad de luchar en igualdad de condiciones para intentar conseguir alguna.
En un infausto y rocambolesco viaje desde –como diría Zigmunt Bauman– la modernidad sólida hasta la modernidad líquida, el liberalismo, que empezó abrazando un concepto pleno de libertad y comprometiéndose con él en todas sus dimensiones, ha ido podándolo poco a poco de sus más nobles atributos hasta dejarlo en un desnudo y triste ramal que solo concierne a la libertad para enriquecerse. Narrar aquí la historia de ese viaje está por completo fuera de lugar, pero conviene hacer algunos apuntes de cara a una mejor comprensión de lo que se ha terminado entendiendo por libertad.
La corriente dominante del liberalismo clásico, con la obra de John Stuart Mill como eje central, estuvo siempre interesada en conjugar libertad individual con bienestar social. Pero eso es harto difícil de conseguir sin ponerle coto a las libertades económicas; de ahí que, para no autocontradecirse, se limitara a invocar la buena voluntad o la conciencia humanitaria antes que a proponer medidas reales para atajar la injusticia social. El Estado social y las herramientas para ponerlo en marcha fueron llegando, o bien de la mano de las recurrentes crisis del capitalismo, o bien forzados por los amagos revolucionarios de la sociedad; y terminó por implantarse definitivamente (tras la dolorosa experiencia de la II Guerra Mundial) como un antídoto contra la barbarie a la que puede llevar una economía completamente desregulada –y no para prevenir la llegada al poder del comunismo, como tantas veces se ha dicho–.
Ahora bien, como el Estado social democrático no solo no reduce el conjunto de las libertades sino que las aumenta significativamente (excepto una: la libertad para enriquecerse), ya no se podía decir que cuando caen las libertades económicas caen todas las demás, por lo que urgía adelgazar el concepto de libertad hasta ligarlo casi exclusivamente al derecho de propiedad privada y a la facultad de no ser interferido en la búsqueda de intereses particulares (el primero de los cuales es el de acumular dinero, ya que mediante éste, supuestamente, se accede a todos los demás). Y es en ese terreno donde el liberalismo apacible y elegante de Isaiah Berlin (en contraste con las rudas proclamas y los burdos argumentos de la mayoría de sus correligionarios ideológicos) hace el impagable trabajo de elevar a los altares una noción de libertad que lleva irremisiblemente a un estado primitivo de la sociedad en el que los fuertes se liberan de toda atadura para dominar y explotar a los débiles.
Berlin establece su famosa distinción entre libertad negativa (la que se deriva de la no interferencia de los demás en el curso de mis actos) y libertad positiva (la libertad en pos de algo, la que busca la realización personal según los propios ideales), las analiza ambas y termina concluyendo que la libertad negativa es merecedora de mucha más atención y defensa que la positiva. Y ello no solo porque sea mucho más fácil trazar los límites y establecer criterios objetivos para la primera, sino sobre todo porque estaba convencido de que la segunda constituía el camino más corto hacia los totalitarismos.
Según Berlin, si se pone el énfasis en el deseo de alcanzar ideales de perfección, antes o después, algún tirano intentará inculcar en toda la sociedad sus propios ideales de perfección. En definitiva, y para no adentrarnos en el farragoso terreno de la filosofía política, lo que hace Berlín (y a partir de él todo el liberalismo) es poner bajo sospecha todo deseo de libertad que brote del interior del individuo, sea lo que sea lo que se entienda por ello: desde la creación de un marco de convivencia regido por valores superiores hasta el anhelo de realizarse como ser humano. La única libertad que cuenta es la que aumenta cuando se remueven los obstáculos que me impiden actuar. Cuidado con la otra, que bajo la máscara de los ideales y de la bondad, encierra la semilla del mal.
Sinceramente, no alcanzo a imaginarme al abnegado padre de una criatura «incompleta», a la que le entrega toda su libertad negativa, toda su capacidad de acción; o al cooperante incansable, que no solo entrega su libertad sino la misma vida a los demás, intentando imponerle nada a nadie. Esos y otros muchos dueños de sí, indiscutibles hombres libres, pueden ser movidos por cualquier fin menos por el de someter a nadie. ¿A qué ese terror a la libertad positiva? ¿Por qué llamarla de manera tan confusa? ¿Por qué no la llaman por su auténtico nombre: libertad humana? ¿Por qué a la otra, que tanto ensalzan, no la nombran también con propiedad: libertad animal? ¿O es que el perro o el camello no disfrutan de más libertad cuantos menos obstáculos encuentren en su camino al ser guiados por sus instintos?
La confusión es, por tanto, mayúscula… ¿Qué libertad? Desde luego no la del protagonista de la noticia de prensa con la que introducíamos este artículo. FH, seguramente sin demasiada conciencia de ello, pero indudablemente con un notable esfuerzo personal, hace alarde de una libertad sublime, de esa libertad con la que la evolución cósmica obsequió a su creación predilecta: la libertad de rebelarse contra sus propias leyes, de sobreponerse a lo que la tiranía de la naturaleza empuja inmisericorde, de anteponer un deseo humano a una miríada de impulsos biológicos. Para la otra libertad, para esa que es más libertad cuanto más te permite hacer aquello «que te pide el cuerpo», no hubieran hecho falta estas alforjas. Podría disfrutarla, y de hecho la disfruta, hasta el más humilde protozoo.
Pero ahondemos un poco más en la noción de una libertad superior, de auténticos humanos; intentemos verlo con más claridad. FH seguramente pudo elegir lo contrario de lo que eligió; pudo, en sus circunstancias de persona viuda y de avanzada edad, con unas condiciones de vida humildes y apenas ayuda externa, haber solicitado la institucionalización de su hijo en un centro para discapacitados. Nadie se lo habría reprochado, y los Servicios Sociales no solo lo habrían visto con buenos ojos, sino que posiblemente se lo venían proponiendo desde hacía tiempo. Sin embargo, eligió mantenerse al lado de su hijo hasta la muerte; dando lugar, entre otras cosas, a que la vida de éste se prolongara más allá de los 60 años, algo realmente extraordinario en alguien que padece síndrome de Down y que solo es posible si vive colmado de afecto. Si FH hubiera obrado del modo contrario su libertad de acción habría aumentado considerablemente, y sus obligaciones y quehaceres cotidianos se habrían vuelto mucho más llevaderos. Pero esa decisión habría obedecido a un impulso natural –esto es, no controlado– hacia la comodidad y el placer .
La elección de FH fue genuinamente humana, racional si se quiere; pero, por encima de todo, moral. En definitiva, una acción libre. ¿Lo hubiera sido si elige lo contrario? Mi opinión es que elegir lo contrario no es un acto libre, puesto que viene forzado por tendencias que escapan a la voluntad; y cuando la voluntad es secuestrada por tendencias de esa índole hay que intentar rescatarla mediante un esfuerzo racional y moral. Dejarse llevar no se elige, se padece. Nadie elegiría ser esclavo… ¿o sí? Hay muchas maneras de desperdiciar la vida, pero estoy convencido de que todas ellas tienen su origen en una renuncia a la verdadera libertad humana.
En el ser humano existe una permanente tensión entre sus tendencias e instintos y su libertad. “La civilización se construye sobre una renuncia al instinto”, decía Freud. Si los obstáculos que se remueven para hacer aumentar la libertad negativa permiten que campen a sus anchas los instintos, no solo se estará destruyendo la civilización, sino que se estarán sentando las bases para que gobierne en el mundo la tiranía del orden natural, que es mucho más implacable que cualquier otra capaz de concebir el hombre y, por supuesto, infinitamente más cruel. Sin embargo, en el día de hoy gana cada vez más terreno no ya una tolerancia respecto de esa posibilidad, sino una auténtica veneración por la misma. Pareciera que tomar como modelo a la naturaleza fuese algo encomiable, que no hay nada más decoroso que observar las leyes de la biología y acatar los imperativos de la selección natural. Todo parece encajar a las mil maravillas con los principios de competitividad, individualismo y riesgo que gobiernan los entresijos del mercado. ¡Ea!, copiemos de los animales; que esos sí que saben. Ni qué decir tiene que la ley de la selva la observan los humanos de forma completamente distinta a como lo hacen los animales merced a un aspecto fundamental: éstos no padecen la infinita ambición que atormenta a aquéllos. Eso es lo que nos hace tremendamente peligrosos para nosotros mismos y para el mundo que habitamos.
La libertad, en el sentido que aquí se ha expuesto, es la libertad de escapar de las pulsiones, de aquello que obliga a todos los demás seres vivos sin excepción; es la libertad de ser algo más, de realizarte en algo más. Y, en rigor, no existe otra; puesto que dejarse llevar por las pulsiones no implica elección alguna ¿Qué clase de libertad cabe encontrar en el mundo animal? La libertad, por tanto, no tendría más que una dirección: elegir lo bueno . De donde se deduce que ser libre y ser bueno son una misma cosa. No elige quien agrede a otro para zanjar una discusión, ni quien fuerza sexualmente a una mujer; tampoco lo hace quien traiciona a un amigo para obtener un cargo o quien invierte en una empresa que explota mano de obra infantil; ni mucho menos está eligiendo el buscador incansable de placeres o quien entrega su vida a hacerse rico. Ninguno de ellos es libre en un sentido humano, sino que se dejan arrastrar por impulsos biológicos o instintos naturales. Pero no por ello dejan de ser responsables. Lo que cabe exigir del hombre es que luche por su libertad interior, que aunque puesta a su alcance, no es en modo alguno gratuita. Quien no lucha por esa libertad se pone en situación de infligir dolor a sí mismo y a los demás. Quien no aprende a ser libre está perdido, y nos pierde a todos.
El neoliberalismo, que repudia el bien común y solo ve en el «otro» un competidor al que batir o un incauto al que sacarle algún provecho, jamás entendería la noción de libertad de la que venimos hablando. De hecho, cuando acuden a Berlin para justificar lo injustificable, no reconocen que pueda existir tal libertad. No saben ni pueden saber a que se refiere. ¿Qué es la autorrealización? ¿Cómo se come el crecimiento interior? ¿Cuánto cuesta el entendimiento mutuo?… ¡Allá ellos con su miope concepción de la naturaleza humana y su enfermiza obsesión por lo útil, si no fuera porque ostentan el poder, absolutamente todo el poder! Y, por supuesto, no están dispuestos a ceder ni un ápice del mismo. Si alguien aún sigue esperanzado en que antes o después se convencerán de que hay que poner algún remedio al dolor y a la miseria, es que no tiene la menor idea de con quienes está tratando. Ellos lo ponen todo del revés y logran, en nombre de su libertad, que la gente asuma en silencio una naturaleza repulsiva para la conciencia y dolorosa para la razón.
Pero no pueden esperar que el mundo se conforme con este infierno para siempre. Aun cuando consiguiéramos salir airosos de la encrucijada ecológica que amenaza nuestra supervivencia; por mucho que las civilizaciones terminaran aliándose y el terrorismo y las guerras dejaran de suceder; si la historia hubiera llegado a su fin como afirma Fukuyama o hubiese perdido su razón de ser, como nos dice el posmodernismo… ¿Se imaginan un mundo parado en un punto en el que la lucha por la vida ha anulado toda conciencia de humanidad compartida, toda capacidad de encontrarse en el «otro» y saber de sus alegrías y sus miedos? ¿Se imaginan un mundo donde ha desaparecido todo atisbo de solidaridad y empresa común?; ¿un mundo en el que hay que estar en constante alerta; sin otra ocupación que la de descargar golpes a diestro y siniestro para subir al tren de los incluidos, o para no ser apeado de él?; ¿un mundo en el que se es víctima o verdugo, pero nunca se es neutral, porque no hay espacio para la retirada? Y así por los siglos de los siglos; generación tras generación; para ti y para tus hijos, y para los hijos de tus hijos…
¿Y a cambio, qué? ¿Una que otra piel de lobo escondida en la maleza para, si soy capaz de encontrarla y disputarla con éxito, empezar a ser como ellos, poseer lo que ellos poseen, vivir como viven? ¿Perder mi libertad para abrazar su esclavitud? Si es ese el premio, aunque no tuviera que traicionarme a mí mismo ni luchar con nadie para conseguirlo, se lo pueden guardar.
Bajo el estandarte de la libertad se ha cocinado un engendro social mucho más monstruoso y terrible que todo lo que habíamos conocido hasta ahora. Se trata de una bestia de paso lento pero firme, un Leviatán que todo lo engulle sin la menor conmiseración. Vida, muerte, territorialidad, conquista, conservación; pautas ciegas de conducta en las que no caben la razón ni la palabra, sino solo la necesidad. Tal es lo que procura esa libertad que se presenta como un bien innegociable: la eliminación de obstáculos que entorpecen la expresión de los instintos más primitivos ¿Quién desea la libertad del molusco, la capacidad de acción de la ardilla, el libre proceder de una araña? «¡Esa no!», dirán muchos apasionados de la ley del más fuerte; pero sí la eficacia depredadora del tiburón, el poderío inigualable de un león, la suprema capacidad de acción de las águilas.
No, todos lo sabemos –y ellos tanto como cualquiera–, que no es esa la libertad que importa. En nuestro fuero más íntimo todos hemos experimentado alguna vez la sublime alegría de habernos vencido a nosotros mismos. En alguna ocasión, por remota que quede en nuestra biografía, hemos sabido de la auténtica libertad. Una libertad que comienza justo donde termina la otra; allí donde desaparecen las señales del camino, y hasta el camino mismo. Una libertad que no depende de las puertas que se nos cierren o se nos abran, que no es mayor o menor en función de lo que otros hagan o dejen de hacer, sino que siempre está en manos de cada cual. Nadie te la puede arrebatar, pero tampoco nadie puede dártela. Cada uno ha de aprender a ejercerla y, quien da por perdida la batalla, no tiene más remedio que aferrarse a la otra y gritar hasta la extenuación que solo hay esa.
El autor comenta: Mi nombre es Francisco Revelles Contreras, soy psicólogo, de 48 años y estoy preparando un libro sobre el empuje del neoliberalismo y su sustrato ideológico titulado “Esperando a la Mano Invisible”…


