¿Qué libertad? El secuestro del concepto de libertad
H, de 83 años de edad, fue encontrado muerto en su casa tras varios dÃas sin dar señales de vida. Su hijo J H, de 62 años, que padece sÃndrome de Down, se encontraba sentado a los pies de la cama donde yacÃa el difunto cuando entró la policÃa local en el domicilio de ambos. El cadáver se encontraba ya en estado de descomposición y desprendÃa un fuerte olor. Al parecer, F H habÃa fallecido de muerte natural hacÃa varios dÃas, pero su hijo pensaba que solo estaba dormido. Los vecinos venÃan extrañándose de que F H no saliera a hacer la compra como todos los dÃas y que fuera su hijo quien, sin dinero en el bolsillo, acudiera a la tienda del barrio a pedir cosas para comer. Las autoridades han acordado el internamiento de J H en algún centro para deficientes mentales, puesto que no tiene familiares que puedan hacerse cargo de él.
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El suceso tenÃa lugar en una localidad de la provincia de Sevilla (no recuerdo el lugar ni la fecha exactos) allá por el año 1999. La noticia aparecÃa en un rincón de la página de sucesos de un diario cuya cabecera tampoco consigo recordar. No tuve la precaución de recortarla, a pesar del profundo impacto que me provocó en su momento y lo determinante que ha sido para cambiar mi visión del mundo; pero no he olvidado en ningún momento su contenido ¿Qué fue lo que hizo que algo tan aparentemente intrascendente calara en mà de esa manera? ¿Qué pequeña –o gran verdad– encierra ese ocasional suceso?
La evolución cósmica ha sido un arduo camino hacia la conciencia y la libertad. Esa es la grandiosa hazaña del Universo. Un caos de energÃa primigenia, plegada hasta el infinito sobre sà misma, explosionó misteriosamente para alcanzar –después de 15.000 millones de años de creciente orden– la conciencia de sà misma. El Cosmos ha sido capaz de conocerse, de saber de su propia existencia; y lo ha hecho a través de la más perfeccionada de sus obras (de que se tenga noticia): el ser humano. Pero ha sido capaz de algo mucho más prodigioso y hermoso; ha dotado esa conciencia de una facultad aparentemente contradictoria con un sistema de leyes infranqueables, relaciones de causa-efecto de sentido único y predeterminismo forzoso: la libertad. Se sacó de la chistera el «más difÃcil todavÃa» para dotar a su criatura predilecta de la capacidad de elegir.
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El de libertad es uno de esos conceptos por el que hubiese merecido la pena luchar mucho más de lo que se hizo. Y es que en la subasta de valores en que terminó desembocando la modernidad el ala conservadora de la sociedad, mucho más despierta que su ala progresista, pujó por uno solo de ellos, pero apostando a él toda su fortuna. La izquierda, en su ingenuidad, creyó estar haciendo el negocio de su vida al quedarse con todos los demás: justicia, fraternidad, progreso, igualdad, utopÃa… ¡Todo para ellos! Recientemente, hasta la noción de democracia, que en un principio cayó en el saco de la derecha por simple exclusión, también está cediéndose a los desorientados «progres de los nuevos tiempos» con tal de que no pongan sus sucias manos encima de la sacrosanta libertad. La historia ha demostrado que todos esos valores que quedaron para la izquierda, incluido el de democracia, estaban destinados a ser arrojados, antes o después, a la hoguera de los ideales; y que la apuesta de los liberales fue, en realidad, la mejor inversión que se haya hecho nunca en la bolsa de valores cultur


